jueves, 23 de diciembre de 2010

La América imaginada

 


LA AMÉRICA IMAGINADA
Por David Lyon y Patricia Harris

Aunque el Museo de América de Madrid tiene por finalidad explicar las Américas a los europeos, el museo puede resultar aún más interesante a los visitantes americanos. Con sólo cincuenta años de existencia y habiendo estado cerrado durante más de una década, el museo representa la herencia física y espiritual de cinco siglos de intentos de España por comprender un mundo que en una época conquistó pero nunca logró absorber.

Los museos se juzgan por el contenido y la interpretación de los objetos que exhiben. Aunque el Museo de América no tiene el acervo de materiales arqueológicos que poseen muchos de los museos nacionales de las Américas, ninguna institución puede igualar su perspectiva de quinientos años de investigación y observación española. Ha heredado la curiosidad y las colecciones de la España oficial, permitiéndole apreciar de igual manera a los primitivos habitantes del hemisferio occidental y a los colonos europeos.

Esta singular institución multidisciplinaria está dedicada a un mundo con el cual España ha tenido una larga y compleja relación. Fundado en 1942, el museo recibió importantes colecciones de las principales instituciones fundadas durante el siglo pasado, como el Museo de Ciencias Naturales, la Academia de la Historia y el Museo Arqueológico Nacional y de Antropología. El museo de América, situado en una ladera en el distrito de la Ciudad Universitaria cerca del casco antiguo de Madrid, ocupa una modesta estructura de piedra que en una época fue una iglesia parroquial. Los pasillos de aire fresco coronados de arcadas que rodean un patio central evocan la arquitectura de las ciudades coloniales del Nuevo Mundo.

Las salas de exposiciones del Museo de América, que estuvo cerrado entre 1981 y 1993 por renovación y rediseño de las exhibiciones, revelan un evaluación de las colecciones exhibidas que refleja el pensamiento actual acerca de la actitud española hacia "América", como llegó a denominarse en España a todo el hemisferio occidental. Las salas representan un enfoque estructuralista de ese complicado tema, con una exhibición introductoria sobre las Herramientas del Conocimiento, en la que se examinan la geografía física, los patrones demográficos, la organización social, la religión y el idioma. De acuerdo con la posición de los eruditos contemporáneos, el museo procura mantenerse culturalmente neutral.

Pero la introducción al Museo de América indica de inmediato que este museo se basa en el punto de vista europeo de las Américas. Después de medio milenio, es difícil apreciar la crisis intelectual causada en Europa por el descubrimiento de un "nuevo" mundo. Un vez que todos (excepto posiblemente el mismo navegante) se dieron cuenta de que Colón había descubierto tierras desconocidas en vez de una ruta directa al Lejano Oriente, se destruyó la visión clásica del mundo. La idea europea del mundo se basaba en los continentes de la cuenca mediterránea: Europa, Asia y Africa. Este mundo tripartito se adecuaba al pensamiento y la teología aristotélica y cristiana, cuyo modelo era el triángulo, la forma más estable de la naturaleza. ¿Qué hacer con un cuarto continente, un cuarto lado desestabilizador? El "mundo conocido" desde la antigüedad se concentraba alrededor de Europa, extendiéndose hacia el este y el sur en un aura de misterio.

La exhibición de mapas antiguos demuestra la forma en que los navegantes, más interesados en la navegación que en la filosofía, trataron las tierras previamente desconocidas. Los mapas más antiguos, que databan el siglo XVI, muestran una creciente familiaridad con la costa americana, así como una persistente ignorancia del interior: el conocimiento inicial de los europeos acerca de las Américas era verdaderamente superficial. Pero no pasó mucho tiempo sin que los exploradores y los colonos españoles ampliaran ese conocimiento. Incluso los primeros mapas de las Antillas muestran extensos y exactos detalles de una región rápidamente colonizada por España. Los mapas más generales de América del Norte y del Sur mezclan la exactitud con la fantasía, utilizando más imaginación en cada legua en que se adentraban en el continente. Estos mapas muestran la mano de sus creadores: las zonas por las cuales navegaron los barcos españoles están representadas con exactitud, pero las regiones en posesión de Francia o Inglaterra están representadas en forma más vaga. Por ejemplo, un mapa y carta de navegación del siglo XVII de la región del nordeste de América del Norte es preciso y detallado en las zonas circundantes a las aguas pesqueras de los grandes bancos (donde los vascos habían echado sus redes siglos antes de que Colón descubriera las Antillas), pero resulta totalmente inexacto en su representación de Nueva Inglaterra y Nueva Francia. Sin embargo, el modelo para la cartografía moderna fueron los meticulosos mapas y cartas de navegación de la expedición realizada en 1789-94 por Alejandro Malaspina. A Malaspina, navegante italiano al servicio de la corona española, se le encomendó trazar mapas del mundo occidental con el fin de asistir la navegación mercantil española.

El conocimiento sobre los pueblos americanos muestra una evolución similar desde la ignorancia a la comprensión. América era una página en blanco para la mente europea, y en esa página Europa rápidamente escribió sus sueños y pesadillas. De la misma forma en que algunos mapas anteriores a 1492 mostraban la parte occidental del océano Atlántico como una región sin forma y advertían en latín que "aquí hay dragones", América se convirtió en el nuevo hogar de seres fantásticos que rivalizan con las creaciones más extrañas de los modernos periódicos sensacionalistas. Los artistas europeos representaron a América como un mundo en el cual los humanos tenían las caras en el pecho y carecían de cabeza, en el que algunas personas podían volar con la ayuda de alas y velas, donde los guerreros aristocráticos sometían a grandes reptiles acuáticos, y en el que se convertían en realidad los peores y los mejores sueños.

Con el tiempo, la engañosa imaginación dio paso a las descripciones directas de los cronistas españoles de las Indias Occidentales: marinos, misioneros, funcionarios gubernamentales y viajeros privados cuyas primeras impresiones del hemisferio occidental redefinieron el mundo mítico para convertirlo en una realidad más tangible que en muchos sentidos resultaba igualmente extraña a la sensibilidad europea. El Museo de América combina pasajes de estos relatos (como una descripción de los pueblos incaicos realizada por Pedro Cieza de León en 1553) con objetos (como por ejemplo textiles incaicos tradicionales) que representan los lugares descritos, casi como si el museo intentara invocar tanto al narrador como al sujeto.

Mientras que los relatos literarios de los primeros años del interés español en el Nuevo Mundo han permanecido intactos, muchos de los primeros artefactos de exploración han desaparecido, destruidos en una sucesión de incendios ocurridos en los siglos XVII y XVIII en los dos palacios reales de Madrid. De acuerdo con las investigaciones realizadas por el museo, en 1572, Francisco de Toledo, Virrey del Perú, propuso la creación de un museo de objetos indígenas. Posiblemente el rey

Felipe II actuó de acuerdo con esta sugerencia, ya que un documento de 1667 atestigua la existencia de colecciones tan numerosas que se requeriría un día entero para examinarlas. Pero es igualmente probable que muchos de los objetos perdidos fueran simplemente curiosidades, ejemplos de lo extraño o extremo que no representaban a las culturas de las cuales provenían.

Cuando el siglo XVIII se convirtió en el Siglo de las Luces, la exploración científica metódica desplazó a la recopilación casual de recuerdos. Para mediados del siglo, los "gabinetes" de especímenes catalogados se habían convertido en la norma para estudiar el "mundo natural", término que incluía a los pueblos no europeos. Antonio de Ulloa, que había viajado a América del Sur con el científico francés Charles-Marie de la Condamine en la primera expedición al continente realizada en 1735, creó el Real Gabinete de Historia Natural menos de dos décadas después, que los estudiosos modernos creen que incluía materiales americanos. En 1771, el rey Carlos III estableció otro gabinete real de materiales arqueológicos y etnográficos. Este segundo gabinete no sólo incluía el gabinete establecido por Ulloa, sino también contenía materiales recopilados sistemáticamente por orden real.

Aunque ya no existe físicamente el gabinete, el Museo de América ha reconstruido el gabinete de un noble del siglo XVIII como parte de su exhibición introductoria. El gabinete clásico se parece a una excelente biblioteca, excepto que en él los conocimientos se adquieren de objetos en vez de libros. El gabinete deespecímenes del museo (una sala entera llena de vitrinas y cajones) contiene principalmente la colección de las islas del Pacífico, que en una época se agrupaban con "América" como lo "otro", todo lo extraño y desconocido fuera del mundo clásico.

Como se han destruido tantos de los primeros artefactos, las colecciones del Gabinete Real constituyen la base de las colecciones del Museo de América. Por ejemplo, el museo contiene una gran colección de artefactos de la cultura de

Colima (500 a. de C.-500 d. de C.) del oeste de México, que fueron reunidos para el gabinete. Las importantes excavaciones realizadas en 1764 en el Perú alrededor de dos décadas después, forman parte de la excelente colección de piezas de la cultura Chimú (300 a. de C.-1461 d. de C.) de la costa septentrional del Perú. Antes de finalizar el siglo, la expedición de Malaspina había regresado con un tesoro en materiales provenientes del noroeste americano.

Posiblemente las expediciones más importantes de recolección de artefactos fueron las misiones a la antigua ciudad maya de Palenque, situada en el sur de México. En 1787, Antonio del Río dirigió la primera excavación científica documentada de

Palenque, que produjo, entre otros artefactos, la Estela de Madrid, uno de los tesoros arqueológicos más importantes del museo. En 1822 se publicaron en Londres los resultados de la expedición de Antonio del Río, con el título de

Descripciones de las ruinas de una ciudad antigua. Sobre la escrupulosidad de sus investigaciones, del Río escribió que: "al final no quedó ninguna ventana ni una puerta sin excavar, ni una pared sin derrumbar, ni una habitación, corredor, plaza, torre ni pasaje subterráneo en los cuales no se realizaran excavaciones de dos a tres yardas de profundidad".

Del Río fundamentalmente inició la arqueología científica en las Américas, pero el flujo de información y de materiales enviado a España a través del Atlántico se interrumpió abruptamente a principios del siglo XIX, décadas antes de que los arqueólogos establecieran la antigüedad y la verdadera extensión de varias culturas precolombinas, especialmente en Mesoamérica. Napoleón invadió España, el país experimentó dos generaciones de distubios políticos, y las colonias declararon su independencia. El proceso de descubrimiento depende de las circunstancias, de manera que el Museo de América muestra lo que quedó de los objetos que los españoles hallaron y vieron durante su dominación de las Américas, y no los artefactos descubiertos después de la época colonial. Como resultado, las colecciones del museo muestran un cierto desequilibrio cultural que podrían interpretarse como no representativo. Por ejemplo, la colecciones mesoamericanas contienen muchos artefatos mayas, pero pocos provenientes de los olmecas, de Monte Albán de Teotihuacán, lugares arqueológicos mexicanos no explorados extensamente hasta después del período colonial.

El siglo XIX inició el estudio de las ciencias sociales y la distinción científica entre el estudio de lo fenómenos naturales y de la humanidad de todas las expresiones. Durante el mismo período, mientras el mundo occidental leía con avidez el recientemente publicado Origen de las especies de Darwin, los artefactos del Real Gabinete se distribuyeron entre el nuevo Museo de ciencias Naturales y el Museo de Arqueología Nacional y de Antropología.

El pensamiento europeo divide el mundo por la geografía; la experiencia americana divide el mundo por la historia, la vida antes y después del contacto con Europa. Posiblemente porque su punto de vista es europeo, el Museo de América ve a

América como una entidad geográfica, asignando igual énfasis a la continuidad y a la transformación de las culturas en el hemisferio occidental.

La singular perspectiva española sobre las Américas puede observarse en la exhibición sobre el origen de las poblaciones americanas. La compresión europea de los pueblos indígenas de las Américas comenzó en la oscuridad de la teoría, frecuentemente como un intento de ubicar a los pueblos americanos en la teología tradicional, por ejemplo como la "tribu perdida de Israel", antes de surgir a la luz de la ciencia.
Sin embargo, el estudioso español José de Acosta sostenía en 1590 que los pueblos americanos eran originarios de Asia. Con modificaciones, su teoría ha sido aceptada como un hecho y constituye la base de los mapas del museo que muestran las migraciones humanas y las distintas etapas de asentamiento en todo el hemisferio.

El Museo de América se distingue por su honestidad acerca del origen de las poblaciones modernas. Mientras que otros museos, particularmente en América del Norte, tienden disimular los patrones de la colonización europea y el papel de la esclavitud de los africanos y asiáticos, el Museo de América no lo hace. Cada grupo que contribuyó al árbol genealógico americano está representado con documentación fotográfica, mapas de las migraciones y, cuando las colecciones lo permiten, artefactos. Estos van desde un tocado de los indios de la pradera, recogido por Francisco Antonio de Lorenzana, obispo de México (1766-72) —casi todos los datos conocidos sobre los pueblos de la pradera y del sudoeste de los
Estados Unidos proviene de su pequeña pero importante colección— hasta santos coloniales de la ciudad de México, así como esculturas mayas de piedra de Palenque y cerámicas de El Petén guatemalteco. Una serie de dieciséis escenas de la vida de los mestizos, pintadas en México por Miguel Cabrera a mediados del siglo XVIII, destaca la diversidad genética de los americanos posteriores al descubrimiento, y al mismo tiempo ilustran las actitudes coloniales de la época. Cada escena muestra un hombre y una mujer, generalmente de raza diferente, e indica la designación aplicada a sus hijos.

El tratamiento de este choque de razas, continentes y culturas es lo que hace tan singular al Museo de América, porque ningún otro museo del mundo tiene una perspectiva tan amplia de la cultura colonial española. Al tiempo que pone de relieve que en muchas formas la vida en las ciudades coloniales era muy similar a la vida en España durante el mimo período, el enfoque temático que adopta el museo al mostrar la vida metropolitana en las Américas crea algunos sorprendentes contrastes y revela ciertas similitudes igualmente notables entre las ciudades coloniales y precoloniales. Por ejemplo, una gran sala del museo está dedicada a la vida urbana en las Américas. A lo largo de una pared se encuentran pequeñas exhibiciones sobre el papel de las diversas clases sociales en una colonia española y ejemplos del diseño característico de una ciudad colonial, señalando que la arquitectura fue trasplantada totalmente de España. En la pared opuesta se encuentra un réplica paralela de una ciudad maya y sus habitantes. El efecto de la exhibición es demostrar que la vida urbana impone una forma de orden que es notablemente similar a través del tiempo y el espacio.

Algunas de las pinturas históricas ofrecen al visitante del museo perspicaces panoramas de la vida colonial. Como por ejemplo, el inmenso panel titulado Entrada del Virrey Morcillo en Potosí, pintado por Melchor Pérez Holguín en 1716, contiene escenas de las diversas clases sociales en el virreinato del Perú en esa época. Una escena del siglo XVII titulada El

Palacio de los Virreyes de México, muestra la nobleza española acompañando un carruaje con seis caballos, así como escenas de nativos mexicanos en un pequeño mercado. Las pinturas de la vida de los mestizos en México se muestran paralelamente con una serie similar del Ecuador, en la que puede verse el papel social de las distintas razas.

Algunas veces las presentaciones son más sutiles que las pinturas, que después de todo, constituían lecciones didácticas para los analfabetos. Por ejemplo, un pequeño gabinete con artísticos y labradosestribos, espuelas y montura, recuerda sutilmente al visitante que la introducción del caballo por los españoles en el siglo XVI revolucionó la sociedad en gran parte de las Américas.

El colonialismo español en última instancia dio lugar a los movimientos y las culturas nacionales y a un inevitable conflicto entre España y sus antiguas colonias. Pero la última sala de exhibiciones del Museo de América sugiere los perdurables vínculos entre el viejo y el nuevo mundo. En la exhibición sobre los medios de comunicación lo que más resalta es la correspondencia de la vieja España y el Nuevo Mundo. Una cabina audiovisual muestra imágenes de los grandes escritores americanos de este siglo (Pablo Neruda, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, entre otros), hablando sobre su tierra, su arte y su idioma, el idioma de Cervantes, la lengua de España.

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Tomado de "Américas", nov-dic. 1995. Programa Barsa Society - Informateca.

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